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DOCUMENTO HUMANISTA
Los
humanistas son mujeres y hombres de este siglo, de ésta época.
Reconocen los antecedentes del humanismo histórico y se inspiran
en los aportes de las distintas culturas, no solamente de
aquellas que en este momento ocupan un lugar central. Son,
además, hombres y mujeres que dejan atrás este siglo y este
milenio, y se proyectan a un nuevo mundo.
Los
humanistas sienten que su historia es muy larga y que su futuro
es aún más extendido. Piensan en el porvenir, luchando por
superar la crisis general del presente. Son optimistas, creen en
la libertad y en el progreso social.
Los
humanistas son internacionalistas, aspiran a una nación humana
universal. Comprenden globalmente al mundo en que viven y actúan
en su medio inmediato. No desean un mundo uniforme sino
múltiple: múltiple en las etnias, lenguas y costumbres; múltiple
en las localidades, las regiones y las autonomías; múltiple en
las ideas y las aspiraciones; múltiple en las creencias, el
ateísmo y la religiosidad; múltiple en el trabajo; múltiple en
la creatividad.
Los
humanistas no quieren amos; no quieren dirigentes ni jefes, ni
se sienten representantes ni jefes de nadie. Los humanistas no
quieren un Estado centralizado, ni un Paraestado que lo
reemplace. Los humanistas no quieren ejércitos policíacos, ni
bandas armadas que los sustituyan.
Pero entre
las aspiraciones humanistas y las realidades del mundo de hoy,
se ha levantado un muro. Ha llegado pues, el momento de
derribarlo. Para ello es necesaria la unión de todos los
humanistas del mundo.
El capital mundial
He aquí la
gran verdad universal: el dinero es todo. El dinero es gobierno,
es ley, es poder. Es, básicamente, subsistencia. Pero además es
el Arte, es la Filosofía y es la Religión. Nada se hace sin
dinero; nada se puede sin dinero. No hay relaciones personales
sin dinero. No hay intimidad sin dinero y aún la soledad
reposada depende del dinero.
Pero la
relación con esa “verdad universal” es contradictoria. Las
mayorías no quieren este estado de cosas. Estamos pues, ante la
tiranía del dinero. Una tiranía que no es abstracta porque tiene
nombre, representantes, ejecutores y procedimientos indudables.
Hoy no se
trata de economías feudales, ni de industrias nacionales, ni
siquiera de intereses de grupos regionales. Hoy se trata de que
aquellos supervivientes históricos acomodan su parcela a los
dictados del capital financiero internacional. Un capital
especulador que se va concentrando mundialmente. De esta suerte,
hasta el Estado nacional requiere para sobrevivir del crédito y
el préstamo. Todos mendigan la inversión y dan garantías para
que la banca se haga cargo de las decisiones finales. Está
llegando el tiempo en que las mismas compañías, así como los
campos y las ciudades, serán propiedad indiscutible de la banca.
Está llegando el tiempo del Paraestado, un tiempo en el que el
antiguo orden debe ser aniquilado.
Parejamente, la vieja solidaridad se evapora. En definitiva, se
trata de la desintegración del tejido social y del advenimiento
de millones de seres humanos desconectados e indiferentes entre
sí a pesar de las penurias generales. El gran capital domina no
solo la objetividad gracias al control de los medios de
producción, sino la subjetividad gracias al control de los
medios de comunicación e información. En estas condiciones,
puede disponer a gusto de los recursos materiales y sociales
convirtiendo en irrecuperable a la naturaleza y descartando
progresivamente al ser humano. Para ello cuenta con la
tecnología suficiente. Y, así como ha vaciado a las empresas y a
los estados, ha vaciado a la Ciencia de sentido convirtiéndola
en tecnología para la miseria, la destrucción y la desocupación.
Los
humanistas no necesitan abundar en argumentación cuando
enfatizan que hoy el mundo está en condiciones tecnológicas
suficientes para solucionar en corto tiempo los problemas de
vastas regiones en lo que hace a pleno empleo, alimentación,
salubridad, vivienda e instrucción. Si esta posibilidad no se
realiza es, sencillamente, porque la especulación monstruosa del
gran capital lo está impidiendo.
El gran
capital ya ha agotado la etapa de economía de mercado y comienza
a disciplinar a la sociedad para afrontar el caos que él mismo
ha producido. Frente a esta irracionalidad, no se levantan
dialécticamente las voces de la razón sino los más oscuros
racismos, fundamentalismos y fanatismos. Y si es que este
neo-irracionalismo va a liderar regiones y colectividades, el
margen de acción para las fuerzas progresistas queda día a día
reducido. Por otra parte, millones de trabajadores ya han
cobrado conciencia tanto de las irrealidades del centralismo
estatista, cuanto de la falsedades de la democracia capitalista.
Y así ocurre que los obreros se alzan contra sus cúpulas
gremiales corruptas, del mismo modo que los pueblos cuestionan a
los partidos y los gobiernos. Pero es necesario dar una
orientación a éstos fenómenos que de otro modo se estancarán en
un espontaneísmo sin progreso. Es necesario discutir en el seno
del pueblo los temas fundamentales de los factores de la
producción.
Para los
humanistas existen como factores de la producción, el trabajo y
el capital, y están demás la especulación y la usura. En la
actual situación los humanistas luchan porque la absurda
relación que ha existido entre esos dos factores sea totalmente
transformada. Hasta ahora se ha impuesto que la ganancia sea
para el capital y el salario para el trabajador, justificando
tal desequilibrio con el “riesgo” que asume la inversión… como
si todo trabajador no arriesgara su presente y su futuro en los
vaivenes de la desocupación y la crisis. Pero, además, está en
juego la gestión y la decisión en el manejo de la empresa. La
ganancia no destinada a la reinversión en la empresa, no
dirigida a su expansión o diversificación, deriva hacia la
especulación financiera. La ganancia que no crea nuevas fuentes
de trabajo, deriva hacia la especulación financiera. Por
consiguiente, la lucha de los trabajadores ha de dirigirse a
obligar al capital a su máximo rendimiento productivo. Pero esto
no podrá implementarse a menos que la gestión y dirección sean
compartidas. De otro modo, ¿cómo se podría evitar el despido
masivo, el cierre y el vaciamiento empresarial? Porque el gran
daño está en la subinversión, la quiebra fraudulenta, el
endeudamiento forzado y la fuga del capital, no en las ganancias
que se puedan obtener como consecuencia del aumento en la
productividad. Y si se insistiera en la confiscación de los
medios de producción por parte de los trabajadores, siguiendo
las enseñanzas del siglo XlX, se debería tener en cuenta también
el reciente fracaso del socialismo real.
En cuanto
a la objeción de que encuadrar al capital, así como está
encuadrado el trabajo, produce su fuga a puntos y áreas más
provechosas ha de aclararse que esto no ocurrirá por mucho
tiempo más ya que la irracionalidad del esquema actual lo lleva
a su saturación y crisis mundial. Esa objeción, aparte del
reconocimiento de una inmoralidad radical desconoce el proceso
histórico de la transferencia del capital hacia la banca
resultando de ello que el mismo empresario se va convirtiendo en
empleado sin decisión dentro de una cadena en la que aparenta
autonomía. Por otra parte, a medida que se agudice el proceso
recesivo, el mismo empresariado comenzará a considerar éstos
puntos.
Los
humanistas sienten la necesidad de actuar no solamente en el
campo laboral sino también en el campo político para impedir que
el Estado sea un instrumento del capital financiero mundial,
para lograr que la relación entre los factores de la producción
sea justa y para devolver a la sociedad su autonomía arrebatada.
La democracia formal y
la democracia real
Gravemente
se ha ido arruinando el edificio de la democracia al
resquebrajarse sus bases principales: la independencia entre
poderes, la representatividad y el respeto a las minorías.
La teórica
independencia entre poderes es un contrasentido. Basta pesquisar
en la práctica el origen y composición de cada uno de ellos,
para comprobar las íntimas relaciones que los ligan. No podría
ser de otro modo. Todos forman parte de un mismo sistema. De
manera que las frecuentes crisis de avance de unos sobre otros,
de superposición de funciones, de corrupción e irregularidad, se
corresponden con la situación global, económica y política, de
un país dado.
En cuanto
a la representatividad. Desde la época de la extensión del
sufragio universal se pensó que existía un solo acto entre la
elección y la conclusión del mandato de los representantes del
pueblo. Pero a medida que ha transcurrido el tiempo se ha visto
claramente que existe un primer acto mediante el cual muchos
eligen a pocos y un segundo acto en el que estos pocos
traicionan a los muchos, representando a intereses ajenos al
mandato recibido. Ya ese mal se incuba en los partidos políticos
reducidos a cúpulas separadas de las necesidades del pueblo. Ya,
en la máquina partidaria, los grandes intereses financian
candidatos y dictan las políticas que éstos deberán seguir. Todo
esto evidencia una profunda crisis en el concepto y la
implementación de la representatividad.
Los
humanistas luchan para transformar la práctica de la
representatividad dando la mayor importancia a la consulta
popular, el plebiscito y la elección directa de los candidatos.
Porque aún existen, en numerosos países, leyes que subordinan
candidatos independientes a partidos políticos, o bien,
subterfugios y limitaciones económicas para presentarse ante la
voluntad de la sociedad. Toda Constitución o ley que se oponga a
la capacidad plena del ciudadano de elegir y ser elegido, burla
de raíz a la democracia real que está por encima de toda
regulación jurídica. Y, si se trata de igualdad de
oportunidades, los medios de difusión deben ponerse al servicio
de la población en el período electoral en que los candidatos
exponen sus propuestas, otorgando a todos exactamente las mismas
oportunidades. Por otra parte, deben imponerse leyes de
responsabilidad política mediante las cuales todo aquel que no
cumpla con lo prometido a sus electores arriesgue el desafuero,
la destitución o el juicio político. Porque el otro expediente,
el que actualmente se sostiene, mediante el cual los individuos
o los partidos que no cumplan sufrirán el castigo de las urnas
en elección futura, no interrumpe en absoluto el segundo acto de
traición a los representados. En cuanto a la consulta directa
sobre los temas de urgencia, cada día existen más posibilidades
para su implementación tecnológica. No es el caso de priorizar
las encuestas y los sondeos manipulados, sino que se trata de
facilitar la participación y el voto directo a través de medios
electrónicos y computacionales avanzados.
En una
democracia real debe darse a las minorías las garantías que
merece su representatividad pero, además, debe extremarse toda
medida que favorezca en la práctica su inserción y desarrollo.
Hoy, las minorías acosadas por la xenofobia y la discriminación
piden angustiosamente su reconocimiento y, en ese sentido, es
responsabilidad de los humanistas elevar este tema al nivel de
las discusiones más importantes encabezando la lucha en cada
lugar hasta vencer a los neofascismos abiertos o encubiertos. En
definitiva, luchar por los derechos de las minorías es luchar
por los derechos de todos los seres humanos.
Pero
también ocurre en el conglomerado de un país que provincias
enteras, regiones o autonomías, padecen la misma discriminación
de las minorías merced a la compulsión del Estado centralizado,
hoy instrumento insensible en manos del gran capital. Y esto
deberá cesar cuando se impulse una organización federativa en la
que el poder político real vuelva a manos de dichas entidades
históricas y culturales.
En
definitiva, poner por delante los temas del capital y el
trabajo, los temas de la democracia real, y los objetivos de la
descentralización del aparato estatal, es encaminar la lucha
política hacia la creación de un nuevo tipo de sociedad. Una
sociedad flexible y en constante cambio, acorde con las
necesidades dinámicas de los pueblos hoy por hoy asfixiados por
la dependencia.
La
posición humanista
La acción
de los humanistas no se inspira en teorías fantasiosas acerca de
Dios, la Naturaleza, la Sociedad o la Historia. Parte de las
necesidades de la vida que consisten en alejar el dolor y
aproximar el placer. Pero la vida humana agrega a las
necesidades su previsión a futuro basándose en la experiencia
pasada y en la intención de mejorar la situación actual. Su
experiencia no es simple producto de selecciones o acumulaciones
naturales y fisiológicas, como sucede en todas las especies,
sino que es experiencia social y experiencia personal lanzadas a
superar el dolor actual y a evitarlo a futuro. Su trabajo,
acumulado en producciones sociales, pasa y se transforma de
generación en generación en lucha continua por mejorar las
condiciones naturales, aún las del propio cuerpo. Por esto, al
ser humano se lo debe definir como histórico y con un modo de
acción social capaz de transformar al mundo y a su propia
naturaleza. Y cada vez que un individuo o un grupo humano se
impone violentamente a otros, logra detener la historia
convirtiendo a sus víctimas en objetos “naturales”. La
naturaleza no tiene intenciones, así es que al negar la libertad
y las intenciones de otros, se los convierte en objetos
naturales, en objetos de uso.
El
progreso de la humanidad, en lento ascenso, necesita transformar
a la naturaleza y a la sociedad eliminando la violenta
apropiación animal de unos seres humanos por otros. Cuando esto
ocurra, se pasará de la prehistoria a una plena historia humana.
Entre tanto, no se puede partir de otro valor central que el del
ser humano pleno en sus realizaciones y en su libertad. Por ello
los humanistas proclaman: “Nada por encima del ser humano y
ningún ser humano por debajo de otro”. Si se pone como valor
central a Dios, al Estado, al Dinero o a cualquier otra entidad,
se subordina al ser humano creando condiciones para su ulterior
control o sacrificio. Los humanistas tienen claro este punto.
Los humanistas son ateos o creyentes, pero no parten de su
ateísmo o de su fe para fundamentar su visión del mundo y su
acción. Parten del ser humano y de sus necesidades inmediatas.
Y, si en su lucha por un mundo mejor creen descubrir una
intención que mueve la Historia en dirección progresiva, ponen
esa fe o ese descubrimiento al servicio del ser humano.
Los
humanistas plantean el problema de fondo: saber si se quiere
vivir y decidir en qué condiciones hacerlo.
Todas las
formas de violencia física, económica, racial, religiosa, sexual
e ideológica, merced a las cuales se ha trabado el progreso
humano, repugnan a los humanistas. Toda forma de discriminación
manifiesta o larvada, es un motivo de denuncia para los
humanistas.
Los
humanistas no son violentos, pero por sobre todo no son cobardes
ni temen enfrentar a la violencia porque su acción tiene
sentido. Los humanistas conectan su vida personal, con la vida
social. No plantean falsas antinomias y en ello radica su
coherencia.
Así está
trazada la línea divisoria entre el Humanismo y el Anti-humanismo.
El Humanismo pone por delante la cuestión del trabajo frente al
gran capital; la cuestión de la democracia real frente a la
democracia formal; la cuestión de la descentralización, frente a
la centralización; la cuestión de la antidiscriminación, frente
a la discriminación; la cuestión de la libertad frente a la
opresión; la cuestión del sentido de la vida, frente a la
resignación, la complicidad y el absurdo.
Porque el
Humanismo se basa en la libertad de elección, posee la única
ética valedera del momento actual. Así mismo, porque cree en la
intención y la libertad distingue entre el error y la mala fe,
entre el equivocado y el traidor.
Del Humanismo ingenuo
al humanismo consciente
Es en la
base social, en los lugares de labor y habitación de los
trabajadores donde el Humanismo debe convertir la simple
protesta en fuerza consciente orientada a la transformación de
las estructuras económicas.
En cuanto
a los miembros combativos de las organizaciones gremiales y los
miembros de partidos políticos progresistas, su lucha se hará
coherente en la medida en que tiendan a transformar las cúpulas
de las organizaciones en las que están inscriptos dándole a sus
colectividades una orientación que ponga en primer lugar, y por
encima de reivindicaciones inmediatistas, los planteos de fondo
que propicia el Humanismo.
Vastas
capas de estudiantes y docentes, normalmente sensibles a la
injusticia, irán haciendo consciente su voluntad de cambio en la
medida en que la crisis general del sistema los afecte. Y, por
cierto, la gente de Prensa en contacto con la tragedia cotidiana
está hoy en condiciones de actuar en dirección humanista al
igual que sectores de la intelectualidad cuya producción está en
contradicción con las pautas que promueve este sistema inhumano.
Son
numerosas las posturas que, teniendo por base el hecho del
sufrimiento humano, invitan a la acción desinteresada a favor de
los desposeídos o los discriminados. Asociaciones, grupos
voluntarios y sectores importantes de la población se movilizan,
en ocasiones, haciendo su aporte positivo. Sin duda que una de
sus contribuciones consiste en generar denuncias sobre esos
problemas. Sin embargo, tales grupos no plantean su acción en
términos de transformación de las estructuras que dan lugar a
esos males. Estas posturas se inscriben en el Humanitarismo más
que en el Humanismo consciente. En ellas se encuentran ya
protestas y acciones puntuales susceptibles de ser profundizadas
y extendidas.
El campo antihumanista
A medida
que las fuerzas que moviliza el gran capital van asfixiando a
los pueblos, surgen posturas incoherentes que comienzan a
fortalecerse al explotar ese malestar canalizándolo hacia falsos
culpables. En la base de estos neofascismos está una profunda
negación de los valores humanos. También en ciertas corrientes
ecologistas desviatorias se apuesta en primer término a la
naturaleza en lugar del hombre. Ya no predican que el desastre
ecológico es desastre, justamente, porque hace peligrar a la
humanidad sino porque el ser humano ha atentado contra la
naturaleza. Según algunas de estas corrientes, el ser humano
está contaminado y por ello contamina a la naturaleza. Mejor
sería, para ellos, que la medicina no hubiera tenido éxito en el
combate con las enfermedades y en el alargamiento de la vida.
“La Tierra primero”, gritan histéricamente, recordando las
proclamas del nazismo. Desde allí a la discriminación de
culturas que contaminan, de extranjeros que ensucian y
polucionan, hay un corto paso. Estas corrientes se inscriben
también en el anti-humanismo porque en el fondo desprecian al
ser humano. Sus mentores se desprecian a sí mismos, reflejando
las tendencias nihilistas y suicidas a la moda.
Una franja
importante de gente perceptiva también adhiere al ecologismo
porque entiende la gravedad del problema que este denuncia. Pero
si ese ecologismo toma el carácter humanista que corresponde,
orientará la lucha hacia los promotores de la catástrofe, a
saber: el gran capital y la cadena de industrias y empresas
destructivas, parientes próximas del complejo
militar-industrial. Antes de preocuparse por las focas se
ocupará del hambre, el hacinamiento, la mortinatalidad, las
enfermedades y los déficits sanitarios y habitacionales en
muchas partes del mundo. Y destacará la desocupación, la
explotación, el racismo, la discriminación y la intolerancia, en
el mundo tecnológicamente avanzado. Mundo que, por otra parte,
está creando los desequilibrios ecológicos en aras de su
crecimiento irracional.
No es
necesario extenderse demasiado en la consideración de las
derechas como instrumentos políticos del Anti-humanismo. En
ellas la mala fe llega a niveles tan altos que, periódicamente,
se publicitan como representantes del “Humanismo”. En esa
dirección, no ha faltado tampoco la astuta clerigalla que ha
pretendido teorizar sobre la base de un ridículo “Humanismo
Teocéntrico” (?). Esa gente, inventora de guerras religiosas e
inquisiciones; esa gente que fue verdugo de los padres
históricos del humanismo occidental, se ha arrogado las virtudes
de sus víctimas llegando inclusive a “perdonar los desvíos” de
aquellos humanistas históricos. Tan enorme es la mala fe y el
bandolerismo en la apropiación de las palabras que los
representantes del Anti-humanismo han intentado cubrirse con el
nombre de “humanistas”.
Sería
imposible inventariar los recursos, instrumentos, formas y
expresiones de que dispone el Anti-humanismo. En todo caso
esclarecer sobre sus tendencias más solapadas contribuirá a que
muchos humanistas espontáneos o ingenuos revisen sus
concepciones y el significado de su práctica social.
Los frentes de acción
humanista
El
Humanismo organiza frentes de acción en el campo laboral,
habitacional, gremial, político y cultural con la intención de
ir asumiendo el carácter de movimiento social. Al proceder así,
crea condiciones de inserción para las diferentes fuerzas,
grupos e individuos progresistas sin que éstos pierdan su
identidad ni sus características particulares. El objetivo de
tal movimiento consiste en promover la unión de fuerzas capaces
de influir crecientemente sobre vastas capas de la población
orientando con su acción la transformación social.
Los
humanistas no son ingenuos ni se engolosinan con declaraciones
propias de épocas románticas. En ese sentido, no consideran sus
propuestas como la expresión más avanzada de la conciencia
social, ni piensan a su organización en términos indiscutibles.
Los humanistas no fingen ser representantes de las mayorías. En
todo caso, actúan de acuerdo a su parecer más justo apuntando a
las transformaciones que creen más adecuadas y posibles en este
momento que les toca vivir.
Mario Luís Rodriguez
Cobos (Silo), fundador del Movimiento Humanista
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